Romina España Paredes

Texto realizado en el marco de la convocatoria global del “read-in” #AnthReadIn -inspirado en los “sit-in” y “teach-in” de las protestas por los derechos civiles y en contra de la intervención de Estados Unidos en Vietanam- sobre la obra Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, llevado a cabo el 17 de febrero de 2017.

“Una vez que abandonaron su país, quedaron sin abrigo; una vez que abandonaron su estado, se tornaron apátridas; una vez que se vieron privados de sus derechos humanos, carecieron de derechos y se convirtieron en la escoria de la tierra.”

[Hannah Arendt. Los orígenes del totalitarismo, 1951]

El totalitarismo posee la irrevocabilidad de un juicio final, lo que la pensadora de origen judío Hannah Arendt (1906-1975) definió como “un juicio no formado por Dios ni por el diablo, sino considerado más bien como la expresión de una irremediable y estúpida fatalidad” (385). Con estas palabras nos recuerda, en su célebre ensayo “La decadencia del Estado Nación y el final de los derechos del hombre”, cómo el totalitarismo fue una fuerza avasalladora que arrasó con la proclamada “civilización europea”.

Hoy, se llevan a cabo en diferentes ciudades y países una lectura colectiva de este texto de Arendt, publicado en Los orígenes del totalitarismo, a propósito de los totalitarismos nazis y soviético a mediados del siglo XX. Pero, ¿por qué participar en un ejercicio de read-in y leer colectivamente las páginas de esta obra?, ¿es la lectura algún tipo de resistencia real frente nuestro presente, aquel donde hemos visto en la reciente victoria del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, el resurgimiento de un nuevo totalitarismo fundado en el odio hacia los migrantes? Ante estas preguntas, ensayo una repuesta: en una época de oscuridad, es la lectura de la memoria histórica uno de los principales medios que tenemos para desmantelar los totalitarismos, pero, sobre todo, es la organización colectiva de las sociedades el único camino con el que contamos para hacer de la “irremediable y estúpida fatalidad” algo remediable.

Cuando los derechos humanos se vuelven en la prueba de un idealismo sin esperanza o de hipocresía endeble y estúpida, es cuando los totalitarismos han logrado vencer. Lo que un movimiento como este ha desatado en la historia de las guerras mundiales, señala Arendt, es haber hecho triunfar la singularización de un grupo como la escoria de la tierra. Es decir, cuando una minoría de apátridas fue despojada de sus derechos humanos básicos. Para la filósofa de origen alemán, nacionalizada estadounidense tras la pérdida de su nacionalidad alemana, la retórica del totalitarismo no sólo logro determinar al judío como dicha escoria de la tierra, sino que se volvió la demostración práctica del totalitarismo mismo.

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No cabe duda que en la actualidad los migrantes se han vuelto, en la retórica de gobiernos europeos y el estadounidense, la nueva “escoria del mundo”. Si bien las condiciones de estos grupos en el presente responden a condiciones políticas y económicas diferentes (como es el caso de México cuya población migrante resulta de la necesidad de condiciones mejores de vida ante una patria desgarrada por la violencia del narcotráfico, el empobrecimiento del campo y la falta de oportunidades, etc.), es cierto que la desintegración de los estados-nación que comenzó en Europa después de la Primera Guerra Mundial con la aparición de minorías creadas por los tratados de paz y el flujo creciente de refugiados como consecuencia de las constantes revoluciones, no es del todo lejano a los nacionalismos homegeneizantes en Europa y los Estados Unidos contemporáneos y sus luchas frente a los numerosos grupos de migrantes y refugiados.

Para Arendt, la invención de la  simplificadora categoría de “minorías” en los tratados de paz después de la Primera Guerra Mundial, cuya finalidad era referir a la diversidad de migrantes resultado del conflictivo clima político de la época, respondía a la incapacidad de los estados-nación de reconocer su propia complejidad y heterogeneidad. Es estremecedor observar que las políticas nacionalistas del mundo actual comparten una similar mirada estrecha de los estados-nación de la primera mitad del siglo XX, y es justo desde dicha visión que los migrantes de hoy han sido considerados como la minoría que debe ser asimilada o eliminada.

En aquellos tratados de las minorías se contemplaba lo que ya era una realidad implícita en el funcionamiento de los estados-nación, esto es que sólo los que eran nacionales podían ser considerados ciudadanos y, por lo tanto, sólo ellos tenían acceso a sus derechos. En consecuencia, aquellos que no eran ciudadanos carecían de la protección de las instituciones legales. De este modo, Arendt advierte que antes de que Hitler proclamara “justo es lo que resulta bueno para el pueblo alemán”, la nación ya había conquistado al estado. Finalmente, fue dicha supremacía de la voluntad de la nación frente al estado y las instituciones legales lo que devino en una aterradora desintegración de esta forma de gobierno. Podríamos decir que el inicio de una irremediable catástrofe humanitaria se anunciaba desde entonces, el atisbo del totalitarismo se imponía.

Con gran preocupación, Arendt observa cómo el fenómeno desnaturalización que formó parte de las dictaduras totalitarias, y que ligaba el tema de los apátridas con el de los miles de refugiados que existían en Europa en el período entre las guerras mundiales, también ha estado presente en las democracias libres como es el caso de los Estados Unidos, donde en su momento se llegó a considerar la privación de ciudadanía a americanos de nacimiento que fueran comunistas. Al respecto, cabe subrayar las palabras de Arendt: “El aspecto siniestro de estas medias están siendo considerada con toda inocencia” (400). Es de esta manera como lo sinestro se introduce con naturalidad. Es así como un estado-nación empieza por abolir los derechos del hombre.

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Las limitantes del alcance de los derechos del hombre, destaca Arendt, es evidente desde finales del siglo XVIII, cuando la Declaración de los derechos del hombre proclamó que la ley debía hallarse en el hombre y no más en Dios. Como muchas ideas ilustradas, esto significaba la secularización de las democracias, basadas en la soberanía del hombre. Arendt destaca que a partir de entonces se vislumbran las restricciones mismas de los derechos del hombre, los cuales referían a un ser humano en abstracto. Como resultado de su propio origen en la Revolución Francesa, inevitablemente esta figura del “hombre universal” hacía referencia a la emancipación nacional, es decir, no al individuo en su particularidad sino al pueblo colectivo y homogéneo. En otras palabras, el ciudadano de una nación era aquel que podía realmente acceder a los derechos del hombre, no así un apátrida.

Tal como sucedió entonces, poco a poco se ha ido revelando que los tratados sobre derechos humanos que formaron parte de los tratados de paz promulgados entre y después de las guerras mundiales, han dejado de representar una protección para las “minorías”, “apátridas” o migrantes de nuestras sociedades globalizadas e interconectadas. Esta lectura que hacemos hoy del texto de Arendt desenmascara un mundo que es el refugio ilegal de millones de hombres apátridas, porque aquel que no tiene nación parece haber quedado sin ley que lo proteja, lo que se traduce en sujetos que son privados de ser juzgados por sus acciones y cuyas opiniones han dejado se ser significativas. Con una agudo análisis sobre la dignidad del hombre, Arendt identifica que

“Algo más fundamental que la libertad y la justicia, que son derechos de los ciudadanos, se halla en juego cuando la pertenencia al a comunidad en la que uno ha nacido ya no es algo se da por hecho y la no pertenencia deja de ser una cuestión voluntaria, o cuando uno es colocado en una situación en la que, a menos que se cometa un delito, el trato que reciba de los otros no depende de lo que haga o de lo que no haga” (420).

Para Arendt, los acontecimientos de las guerras mundiales permiten tener conciencia de una cuestión fundamental, esto es la importancia de un derecho a tener derechos y de un derecho a pertenecer a algún tipo de comunidad organizada. Con cierto horror y a manera de advertencia, explica:

“Lo malo es que esta calamidad surgió no de una falta de civilización, del atraso o la simple tiranía, sino, al contrario, de que no pudo ser reparada porque ya no existía ningún lugar ‘incivilizado’ en la tierra, porque tanto si nos gusta como si no, hemos empezado a vivir realmente en Un Mundo. Sólo en una humanidad completamente organizada podía llegar a identificarse la pérdida del hogar y del estatus político con la expulsión de la humanidad” (420).

Y es aquí donde quiero llevar la reflexión sobre la lectura colectiva y la resistencia frente a los totalitarismos, entre los cuales el gobierno de Donald Trump se ha empezado a perfilar con sus políticas migratorias, y esto es que no es el grado de “civilización” del mundo lo que puede prevenir la “irrevocabilidad de un juicio final”, es decir, no son la existencia de los derechos humanos y los discursos de libertad, igualdad y justicia que han proliferado (ya sea de modo superficial o como simple matiz de las hipocresías de los gobiernos) lo que será suficiente para detener la avasalladora fuerza de gobiernos totalitarios, sino que sólo lo será aquella comunidad organizada que tenga la capacidad de tomar conciencia de actos inhumanos y llevar a cabo acciones solidarias. En este sentido la lectura colectiva de la fascinante obra de Arendt, así como toda aquella que sea memoria de nuestro mundo, crítica de su historia y reflexiva sobre la necesidad de tolerancia y empatía humana, es sin duda un acto de resistencia. Porque ningún tirano puede pasar encima de ningún hombre y ningún hombre debe vivir sin el derecho de ser tratado con digna igualdad.

Celebro hoy más que nunca el atrevimiento de mirar de manera colectiva, con sobresalto e indignación, el desafiante momento que vivimos. Pero sobre todo, que seamos muchos los que podamos decir leyendo que nadie es ilegal en el mundo, y que no hay ninguna fatalidad anunciada por la historia que no sea remediable desde las sociedades organizadas. Porque, finalmente, es responsabilidad de todos exigir igualdad entre los hombres mediante la organización consciente y voluntaria. Se trata de asumir una postura ética en un mundo de civilización fallida. En palabras de Arednt:

“No nacemos iguales; llegamos a ser iguales como miembros de un grupo por la fuerza de nuestra decisión de concedernos mutuamente derechos iguales. Nuestra vida política descansa en la presunción de que podemos producir igualdad a través de la organización, porque el hombre puede actuar en un mundo común, cambiarlo y construirlo, junto con sus iguales y sólo con sus iguales” (426).

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