Autor: Otto Cuauhtémoc Castillo González

2666, un número para pasmarse. 2666, novela río, un río de sangre. 2666 un retrato, un paisaje. 2666: México. Las y los escritores deben tener una capacidad de observación amplia. Deben ver, silentes, lo que nos rodea, lo que nadie más ve, notar cada detalle incluso hasta el más ínfimo, deben entender cada pieza, cada engrane de la enorme maquinaria que llamamos realidad. Bolaño era un observador, pero no uno cualquiera, era un detective salvaje.

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Jean-Claude Pelletier, Manuel Espinoza, Liz Norton y Morini emprenden un periplo en busca del sujeto que mediante sus letras unió, de algún modo, a los cuatro: Benno Von Archimboldi. Distintas sospechas, pistas sueltas y señales de humo apuntaban que Archimboldi se encontraba en México, pero a veces uno ignora olímpicamente lo que tiene delante de las narices (p.71).

No obstante, no profundizaremos en las pesquisas de los cuatro académicos literarios, ni en otras cuestiones más que aquellas en las que se retrata de forma fiel el clima de inseguridad, corrupción, impunidad y violencia feminicida que se vive en nuestro país. Para ello habrá que mencionar, sin duda alguna, que esta mastodóntica obra póstuma transcurre en gran parte en un sitio conocido como Santa Teresa. Resulta por más evidente que Santa Teresa es trasfondo de Ciudad Juárez, la roja, caótica y sangrienta Ciudad Juárez. Bolaño logra capturar la esencia del engranaje social, el imaginario colectivo, la enorme maquinaria afásica que desdeña, vilipendia y desprecia a las mujeres pero que, contradictoriamente, glorifica -en grandes masas- a una fémina cada 12 de diciembre.

En la conmemoración del Centenario del Congreso Feminista escuché a la Dra. Marta Lamas decir “Los hombres son seres frágiles” y demás frases apelando a que dicha fragilidad, al ponerse en riesgo, provoca una respuesta violenta; irremediable, mi recuerdo se volcó a un extracto de 2666:

 “la ginefobia, que es el miedo a la mujer y que lo padecen, naturalmente, sólo los hombres. Extendidísimo en México, aunque disfrazado con los ropajes más diversos. ¿No es un poco exagerado?

Ni un ápice: casi todos los mexicanos tienen miedo de las mujeres” (p. 478).

A todo esto debemos preguntarnos qué clase de lugar es Santa Teresa. ¿Cómo es? ¿Por qué la identificamos inmediatamente con Ciudad Juárez (o con el arquetipo de ciudad mexicana)?

“-Creo que es una ciudad grande -dijo el viejo.

-Es grande, si -dijo el Cerdo -hay fábricas, y también hay problemas. No creo que sea un lugar bonito.” (p.141)

¿Qué pasa en Santa Teresa, cuáles son las circunstancias que envuelven a la urbe fronteriza?

“-No sé.

-Es lo que opina casi todo el mundo: no saben -dijo el desconocido” (p.73).

Podemos decir que Santa Teresa es un lugar donde “Los políticos no saben gobernar. La clase media sólo piensa en irse a los Estados Unidos, y cada vez llega más gente a trabajar en las maquiladoras” (p.275). Santa Teresa es  -pesarosamente- una fiel imagen de México.

 En la parte de Fate se narra el andar de un periodista norteamericano que es enviado como corresponsal para cubrir un combate de boxeo; a través de los ojos de Fate podemos vislumbrar el comportamiento de violencia en extremo que presentaban ciertos personajes que va conociendo a lo largo de su periplo periodístico. Luego del combate, Fate se reúne con Chucho Flores, un periodista mexicano, al igual que la novia y amigos de éste. Allí, en la velada post-boxeo, luego de las constantes indagatorias de Fate respecto de la situación de inseguridad y feminicidios en el país, Chucho Flores le comenta:

“-Los jodidos asesinatos son como una huelga, amigo, una jodida huelga salvaje.
La equivalencia entre asesinatos de mujeres y huelga era curiosa. Pero [Fate] asintió con la cabeza y no dijo nada.

-Esta es una ciudad completa, redonda- dijo Chucho Flores- Tenemos de todo. Fábricas, maquiladoras, un índice de desempleo muy bajo, uno de los más bajos de México, un cártel de cocaína, un flujo constante de trabajadores que vienen de otros pueblos, emigrantes centroamericanos, un proyecto urbanístico incapaz de soportar la tasa de crecimiento demográfico, tenemos dinero y también hay mucha pobreza, tenemos imaginación y burocracia, violencia y ganas de trabajar. Sólo nos falta una cosa- Dijo Chucho Flores.

Petróleo, pensó Fate, pero no lo dijo. ¿Qué es lo que falta?- dijo.
-Tiempo -dijo Chucho Flores- Falta el jodido tiempo.

¿Tiempo para qué?, pensó Fate ¿Tiempo para que esta mierda, a mitad de camino entre un cementerio olvidado y un basurero, se convierta en una especie de Detroit?” (p.362).

Pasan la noche hasta que la explosión resultante de la mezcla de drogas y violencia se presenta; Fate decide separar a Rosa Amalfitano, la novia de Chucho Flores, de la compañía que tiene. Huyen, primero se resguardan en un hotel donde Rosa le platica de sus relaciones y en las que podemos notar toda la caracterología  de Chucho Flores; se narra toda una escena de celos -reacción de dominación- de Chucho Flores hacia Rosa Amalfitano, debido a que ésta saludo a un amigo de la universidad (p.423). También se comenta cómo Chucho Flores alcanza el paroxismo de la intranquilidad de forma sumamente violenta. Súbitamente, empleados del hotel les informan que la policía está preguntando por ellos; tenemos que subrayar el pavor de esto: no se confía en la policía, sabemos a priori que están coludidos, que la policía es igual o peor que los delincuentes. Huyen a casa de Rosa, donde su padre, Oscar Amalfitano, le ruega a Fate que saque a su hija del país, que escapen de la situación insostenible y del miedo insondable que significa vivir en Santa Teresa. Lo hace pero no sin antes entrevistar, junto a Guadalupe Roncal (periodista amiga de Fate) a Klauss Hass, personaje extranjero que es inculpado de cometer los asesinatos de mujeres:

“¿Le gustaría venir conmigo y hacerle una entrevista? dice Guadalupe Roncal a FateLa verdad es que yo me sentiría más tranquila si un hombre me acompañara, lo que es contradictorio con mis ideas, pues yo soy feminista ¿Tiene usted algo en contra de las feministas? Es difícil ser feminista en México. Si una tiene dinero, no es tan difícil, pero si es de la clase media, es difícil. Al principio no, por supuesto, al principio es fácil, en la universidad por ejemplo es muy fácil, pero cuando van pasando los años cada vez es más difícil. Para los mexicanos, sépalo usted, el único encanto del feminismo radica en la juventud. Pero aquí envejecemos aprisa. Nos envejecen aprisa. Menos mal que yo todavía soy joven” (p.378).

Durante la entrevista, Hass declara que un miembro de la familia Uribe, una familia adinerada, es quién realmente comete junto con su banda Los bisontes los asesinatos de mujeres (p.672). ¿Les suena a algo? Una familia de alto estatus social, policía corrupta, narcotráfico, ultra violencia ¿Les suena aún más?  ¿no? Asesinato de mujeres ¿Ya saben de qué hablamos? Klaus Hass, el presunto feminicida, es apresado y sin embargo los asesinatos continúan. ¿Cómo?, misterios de México.

“La gente ve lo que quiere ver y nunca lo que quiere ver la gente se corresponde con la realidad. La gente es cobarde hasta el último aliento. Se lo digo confidencialmente: el ser humano, hablando grosso modo, es lo más semejante que hay a una rata” (p.280).

Luego llegamos a la parte que nos interesa, y que resulta toral para este texto: La parte de los asesinatos. Un compendio del horror feminicida; esta sección describe minuciosamente los asesinatos cometidos en Santa Teresa desde el año 1993 hasta 1997. Bolaño lo redacta a manera de informe policial. La primera muerte corresponde a Esperanza Gómez Saldaña. Bolaño es tan minucioso que describe la edad, la estatura, el oficio, e incluso la ropa. Es de pasmarse que en casi la totalidad de los casos, los cuerpos -esos cuerpos lacerados cubiertos de sangre y polvo del desierto- son encontrados por niñas o niños mientras estos juegan -da pavor imaginar el resultado del impacto psicológico de los localizantes de los cuerpos inertes- ¿En qué estado las encuentran? Semi enterradas, es decir, los victimarios no se tomaban la molestia de cubrir su crimen, ya que sabían -saben- de la existencia del imperio de la impunidad; y no solamente las niñas y niños sufren el impacto psicológico, sino incluso las demás mujeres al saberse vulnerables ante las condiciones de su entorno:

“La encontraron unos niños, por la mañana, y pasado el mediodía, cuando fue retirado el cadáver, un numeroso grupo de trabajadoras se acercó a la ambulancia a ver si se trataba de alguna amiga, de alguna compañera o simple conocida” (p.489).

Juan de Dios Martínez y Lalo Cura nos guían a través de los vericuetos de sangre y violencia. En esta parte de la novela se habla del Profanador de Iglesias, un personaje sinuoso del que se sabe por medio de rumores; nos damos cuenta que la idea de un asesino en serie es la imperante en Santa Teresa, una idea-justificante que es alimentada por la displicencia. Y, al igual que sucede en la realidad, se inculpa a los indefensos, a los vulnerables:

 “Se habló de un centroamericano. Un pobre diablo desesperado que necesitaba dinero para cruzar la frontera, un ilegal ¿Me entiendes? un ilegal incluso en México, que ya es mucho decir, porque aquí todos somos ilegales en potencia” (p.549).

 De hecho en una parte de la novela se describe el periplo agonizante de un migrante –que, como muchos, son utilizados como chivos expiatorios-, quien hace de conocimiento a las autoridades de un cadáver:

“Un emigrante salvadoreño encontró el cuerpo detrás de la escuela Francisco I, en Madero, cerca de la colonia Álamos. […] El salvadoreño fue acusado del homicidio y permaneció en los calabozos de la comisaría nº3 durante dos semanas, al cabo de las cuales lo soltaron. Salió con la salud quebrantada. Poco después un pollero lo hizo cruzar la frontera. En Arizona se perdió en el desierto y tras caminar tres días llegó, totalmente deshidratado, a Patagonia, en donde un ranchero le dio una paliza por vomitar en sus tierras. Pasó un día en los calabozos del shérif y luego fue enviado a un hospital, en donde ya sólo podía morir en paz, que es lo que hizo” (p.491).

A parte de la sugerencia de la idea de un asesino en serie, alimentada por la superstición popular y la tradición cinematográfica, en un punto de la narración se dibuja la sospecha de que la industria del cine también está implicada: los crímenes podrían ser la consecuencia de la filmación de snuff-movies, películas en las que los asesinatos, las violaciones, y demás atrocidades, son reales. Ultra violencia. Morbo total. Sangre y gritos. Oídos que escuchan y labios que guardan silencio.

En el curso de la Parte de los asesinatos podemos advertir opiniones respecto de los crímenes que retratan el imaginario colectivo de una sociedad machista, enmarcando de forma leal el actuar de la inmensa mayoría de los servidores públicos encargados de la seguridad pública:

“En una cafetería Lalo Cura se encontró con unos policías jóvenes, de entre diecinueve y veinte años, que comentaban el caso. ¿Cómo es posible, dijo uno de ellos, que Llanos la violara si era su marido? Los demás se rieron, pero Lalo Cura se tomó la pregunta muy en serio. La violó porque la forzó, porque la obligó a hacer algo que ella no quería, dijo. De lo contrario, no sería violación. Uno de los policías jóvenes le preguntó si pensaba estudiar derecho ¿Quieres convertirte en licenciado buey? No, dijo Lalo Cura (p.549).

Este tipo de escenas continúan en otra parte de la novela donde Lalo Cura, el único judicial que ve las notas de las desaparecidas en las cajas de leche (Ningún policía toma leche), presencia el pensamiento machista de la población y de los servidores públicos. Los judiciales reunidos todos alrededor de una mesa comienzan a declamar vilipendios:

“Los policías que acababan el servicio se juntaban a desayunar en la cafetería Trejo’s, un local oblongo y con pocas ventanas, parecido a un ataúd. […] Y se contaban chistes. Y abundaban aquellos que iban sobre mujeres. Por ejemplo, un policía decía: ¿Cómo es la mujer perfecta? pues de medio metro, orejona, con la cabeza plana, sin dientes y muy fea ¿Por qué? pues de medio metro para que te llegue exactamente a la cintura, buey, orejona para manejarla con facilidad, con la cabeza plana para tener un lugar donde poner tu cerveza, sin dientes para que no te haga daño en la verga y muy fea para que ningún hijo de puta te la robe” (p. 689).

Sucede en la realidad que cuando los funcionarios judiciales se allegan a características de la víctima, los prejuicios infundados contaminan el proceso:

“El cadáver tenía las uñas pintadas de rojo, lo que llevó a pensar a los primeros policías que acudieron al lugar del hallazgo que se trataba de una puta […] Cuando finalmente llegó el informe forense ya nadie se acordaba de la desconocida, ni siquiera los medios de comunicación, y el cuerpo fue arrojado sin más dilaciones a la fosa común” (p. 650.). Como muchas otras víctimas del feminicidio terminó  sepultada en el olvido y pasó a engrosar la reserva de cadáveres de los estudiantes de Medicina. Otra situación acontece cuando una mujer acude a las autoridades para denunciar la desaparición de su hija:

“[…] a su madre después le dijeron que cabía la posibilidad de que se hubiera fugado con un hombre. Sólo tiene dieciséis años, dijo la madre, y es buena hija. Cuarenta días más tarde unos niños encontraron su cadáver cerca de un chamizo de la colonia Maytorena” (p.470).

Curioso, otro punto de inflexión. Bolaño -quien muere en el 2003-, sin saberlo (al menos conscientemente), describió los hechos que fueron objeto de estudio de la Corte Interamericana en el caso Campo Algodonero vs. México, cuya sentencia data de 2009.

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Las historias de asesinato van detallando, en muchos casos, circunstancias coincidentes: rotura del hueso hioides que prueba la muerte por estrangulamiento, cercenamiento de un pecho, mordeduras en el pezón que provocan casi su desprendimiento -“A finales de septiembre fue encontrado el cuerpo de una niña de trece años […] su pecho derecho había sido amputado y el pezón de su pecho izquierdo fue arrancado a mordidas” (p.584). Violación múltiple y demás acciones con extremos grado de violencia. En uno los casos, se narra cómo el informe forense dictaminó que Penélope Méndez Becerra había muerto debido a un fallo cardiaco mientras era sometida a los abusos antes expuestos (p.506) y en otro informe se dictaminó como causa de la muerte de la víctima un shock hipovolémico producido por más de quince puñaladas (p.682).

Llama la atención que tras haber sido asesinadas y sometidas a toda clase de torturas, los cuerpos son hallados vestidos. Los cadáveres aparecen en los lugares más apartados y más viles: en el desierto, semienterradas, entre la inmundicia de los basureros. ¿Por qué semienterradas? ¿Por qué no se tomaron la molestia? “Trajeron el cadáver encuerado o bien la desnudaron antes de enterrarla, dijo Epifanio. ¿Llamas enterrar a esto? dijo el forense. Pues no, señor, no se esmeraron, dijo Epifanio, no se esmeraron” (p.685). En otra escena:

“El asesino o los asesinos no se molestaron en cavar ninguna tumba. Tampoco se molestaron en adentrarse demasiado en el desierto. Simplemente arrastraron el cadáver unos cuantos metros y allí lo dejaron” (p.489).

Durante todo el transcurso de la novela podremos notar como Bolaño enmarca la realidad del México violento que ya existía pero que aún no se encontraba en lo más álgido del vértigo furioso. Esto es muy importante. Los niños encontraban los cuerpos descuartizados de las mujeres, y esos niños se convertirían muy probablemente en los bisontes del futuro, muy probablemente esos niños serían los Porkys de Veracruz en la vida real, del México, trágicamente, real.

Las mujeres estaban al pendiente de saber si alguno de los cadáveres pertenecía a una de sus amigas, familiares o compañeras de trabajo, sufrían la angustia del entorno no seguro; las autoridades no cumplen, son corruptas y se entregan al ocio, los funcionarios no escatiman en propinar golpes a la mandíbula de los derechos humanos. Sangre, morbo, violencia, oprobio, impunidad, resignaciones y silencio, el inmenso sonido del silencio: ahí están los puntos de inflexión, en los encuentros entre la realidad y la ficción.

Vivimos el punto de inflexión, un punto sangrante en el que toda la sociedad se encuentra inmersa. En el epígrafe de 2666, Bolaño utiliza una traducción propia de un verso de Baudelaire que describe perfectamente su novela y nuestro México rojo actual: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”.

Otto Cuauhtémoc Castillo González.
Mérida, 2016.

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