Autora: María Dolores Almazán

Conferencia impartida por María Dolores Almazán Ramos, en la Serie de Conversatorios sobre literatura, en el Homenaje a Pedro Páramo de Juan Rulfo,organizado por Proyecto Utopía de Yucatán A. C.,en el Foro Amaro.

Mérida, Yucatán, el 24 de septiembre de 2015.

 

Lo que caracteriza a lo fantástico contemporáneo

la irrupción de lo anormal en un mundo en apariencia normal,

no para demostrar la evidencia de lo sobrenatural,

sino para postular la posible anormalidad de la realidad.

David Roas

Me gusta iniciar cada una de mis actividades dando las gracias. Esta tarde no tiene por qué ser la excepción. Agradezco a Romina por gestar la hermosa idea de ir engarzando conversaciones en torno a diferentes temas, le agradezco la invitación a participar en la conversación. Agradezco a la Vida la reunión en esta Mesa de dos personas a quienes aprecio y admiro, Romina y David. Agradezco a cada uno de ustedes su presencia. Agradezco a Rulfo el regalo de su escritura.

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 Cuando converso en las aulas, sitúo mi práctica docente en el diálogo, ubico mi visión teórica en la comunicación y en la pragmática literarias, inmersas en las corrientes posestructurales y posmodernas, dentro de las que se ubica la teorización respecto a la denominada literatura fantástica. Este será el umbral desde el que iniciaré mi conversación contigo.

 Juan Rulfo (1917-1986), huérfano de padre a la edad de siete años, y de madre a los once, continuó el desarrollo de sus primeros años de vida junto a su abuela, y posteriormente en un orfanato. En sus veintes inicia su escritura, la cual publica en diversas revistas; al igual que inicia sus viajes por el territorio mexicano, como parte de sus actividades laborales. Cuando atravesaba la década de sus treinta años comienza a desarrollar su pasión por la fotografía. Y al avanzar por sus cuarenta años publica su libro de cuentos El llano en llamas, en 1953, y su novela Pedro Páramo, en 1955; novela que ganará el Premio Xavier Villaurrutia en 1956. Entre este año y 1958 escribe su novela El gallo de oro, que será publicada en 1980.

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 La editorial Plaza y Janés publicó en el año 2000, la obra Aire de las colinas. Cartas a Clara, obra que reúne las cartas que Rulfo escribiera a su novia Clara, quien sería posteriormente su esposa y la madre de sus hijos. En dichas cartas, el escritor le cuenta a su novia las dificultades que tiene en el proceso de creación de la novela en la que trabaja; novela que más tarde publicará con el título de Pedro Páramo.

 El propio Juan Rulfo señaló en varias ocasiones que la idea que se concretaría en su novela, inició su gestación desde los comienzos de su faceta como escritor, empezando a cobrar vida durante la escritura de los cuentos que conformarían El llano en llamas; quizá por ello los lectores podemos reconocer a Comala en ambos textos. Entre 1953 y 1954, el Centro Mexicano de Escritores le confiere una beca para la realización de su novela, texto del que fue publicando algunas partes en diversas revistas durante esos años. La década de 1950 estará también conformada por su pertenencia a la Comisión del Papaloapan y sus viajes a Oaxaca. Habiendo entregado el manuscrito de su novela Pedro Páramo, inició su proyecto fotográfico en Oaxaca.

 En el catálogo fotográfico Juan Rulfo: Oaxaca, editado en el año 2009 por la Fundación Juan Rulfo y la Editorial RM-Calamus, podemos leer a Andrew Dempsey comentar “…con Rulfo tiene uno la impresión de que la imagen es provisional. Podría haber otra. Quizá esto sea en realidad un sentido de narrativa, un elemento que podría guardar relación con sus obras de ficción”  (44).

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JUan Rulfo. Foto tomada del libro Noticias sobre JUan Rulfo de Alberto Vital, Pag 99

He titulado las letras que hoy te ofrezco Rulfo y Páramo: conversaciones y murmullos, y es esa la idea que guiará mi charla, pues te daré en esta conversación en torno a Rulfo, los murmullos que yo, como lectora, he escuchado en Páramo. Desde luego, como señala Dempsey, podría haber otros; hay muchas otras voces que desean hacerse escuchar desde la obra rulfiana, por ahora, he prestado especial atención a algunas de ellas, y te las comparto.

 Menciona Helene Cixous que los textos fantásticos dificultan la reducción de sentidos y las interpretaciones limitadoras; por lo que el sujeto tropieza en el estallido de la multiplicidad de sus estados, propagándose en cualquier dirección posible (en Roas, 2001:147). Identifico a este sujeto tanto como el autor, el lector, el personaje, el narrador; y por ello imagino a Rulfo tropezando con la multiplicidad de imágenes surgidas durante su proceso creador, a cada uno de los personajes tropezando ante las escenas que los configuraban, a los lectores tropezando ante el sinfín de cuestionamientos e interpretaciones que las páginas de Rulfo les motivan. Agrega en este sentido Sergio Fernández que los personajes de Rulfo siempre están en duda; no saben si viven en una invención o en una realidad (2000:86).

 Escuchémosles, dudar, tropezar:

 …Y en días de aire se ve al viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí como tú ves, no hay árboles (Rulfo, 1973:45).

¿Qué entiende usted?

Nada -dije- cada vez entiendo menos -y añadí-: quisiera volver al lugar de donde vine… (Rulfo, 1973:57).

¿Cuál es ese lugar -me pregunto-, la imaginación del autor, el espacio diegético desde el cual partió el personaje, la vida antes de la muerte, la vida antes de la vida, algún otro? Las dudas de los personajes se convierten en dudas de lectura…

 Señala Rosalba Campra que el texto fantástico no conoce palabras inocentes, pues en cada uno de los significantes se urde la trampa de una telaraña o una red de significados en los que el protagonista terminará por caer, lo sepa o no; creándose un caleidoscopio de imbricaciones y de juegos, donde la causalidad de un nivel sólo se puede hallar en otro, donde el signo se convierte en necesario, y extiende su poder sobre el objeto significado (en Roas, 2001:188).

 Observemos una de esas redes de significados que irán tejiendo la telaraña del discurso novelado, los sonidos del silencio:

 Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños (Rulfo, 1973:51).

 Trampa semántica que teje las imágenes de la novela con la cuentística del autor. Pues como nos dice Fernández, en El llano en llamas se oye el ruido en todas sus formas, como el que se plantea en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera, el ruido que produce el silencio:

¿Qué es? -me dijo.

¿Qué es qué? -le pregunté.

Eso, el ruido ese.

Es el silencio (2000:84).

 Continuando con este tópico, Irene Bessiere sostiene que el relato fantástico es su propio motor, dominado interiormente por una dialéctica de constitución de realidad y de desrealización, propia del proyecto creador del autor (en Roas, 2001:85). Y agrega Rosie Jackson que mediante el intento por transformar las relaciones entre lo imaginario y lo simbólico, la fantasía horada lo real, revelando su ausencia, su otro, sus aspectos indecibles y no vistos (en Roas, 2001:152).

 Leamos algunos de los aspectos de realidad transformados en símbolos por Rulfo:

 Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes (Rulfo, 1973:45).

…y de las paredes parecían destilar los murmullos como si se filtraran de entre las grietas…yo los oía. Eran voces de gente; pero no voces claras, sino secretas, como si murmuraran algo al pasar…Me aparté de las paredes y seguí por mitad de la calle; pero las oía igual, igual que si vinieran conmigo… (Rulfo, 1973:62).

Desde las páginas de Pedro Páramo se nos invita a ver y a escuchar una realidad representada como eco que murmura, carcomido, antiguo, velado, que siempre nos acompaña, que incluso se apodera de nosotros, penetrando los poros de nuestra piel, aunque no queramos, aunque nos resistamos a ello…

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Y si miramos alrededor, descubrimos ecos semejantes a la obra rulfiana en El laberinto de la soledad de Octavio Paz (1950), en La Muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes (1962). Ecos del pasado mexicano que acompaña nuestro presente, voces silenciadas que siguen pronunciándose, repitiéndose,  tocándonos, hasta el infinito… ¿las escuchas? ¿las sientes?

 De acuerdo con Foucault, la obra de arte plantea un vacío, un momento de silencio, una pregunta sin respuesta, una brecha sin reconciliación, donde el mundo se ve forzado a cuestionarse a sí mismo (en Roas, 2001:143) Y al decir de Jackson, lo otro expresado a través de la fantasía ha sido categorizado como un área oscura; lo fantástico moderno lo ha reconocido como lo oculto de la cultura (en Roas, 2001:144).

 ¿Conoce usted a Pedro Páramo? -le pregunté.

Yo también soy hijo de Pedro Páramo -me dijo.

¿Quién es? -volví a preguntar.

Un rencor vivo -me contestó él (Rulfo, 1973:9-10).

 En muchas ocasiones se ha interpretado la figura de Pedro Páramo con la imagen de la bastardía del mexicano, con la representación de la conquista experimentada por nuestro país. Paz, Fuentes, Rulfo, ubican ante nuestros ojos y nuestros oídos la hermandad de un ser mexicano huérfano, guiado por el recuerdo susurrante de la maternidad. He ahí nuestro vacío, nuestro silencio, la suma inacabable de preguntas que no alcanzan respuesta, las brechas transformadas en abismos, la oscuridad de cada una de nuestras otredades.

 Señala Leo Bersani que el relato fantástico revela el deseo de algo que resulta excluido del orden cultural, por lo que la literatura fantástica deviene literatura del deseo (en Roas, 2001:147).

 Al inicio del relato, Juan Preciado nos da a conocer su deseo, y en la medianía de la novela, nos lo repite:

 …ya te lo dije en un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión (Rulfo, 1973:63).

 Deseo inherente al ser humano por volver al origen, al lugar del que provenimos, a la casa del Padre.

 Sumemos deseos e ilusiones, para de este modo también poder percibir al escritor y al fotógrafo. Para ello volvamos a Fernández, quien nos dice que el lenguaje rulfiano es poético; busquemos un ejemplo en nuestra novela:

“la lluvia se convertía en brisa” (Rulfo, 1973:19).

El académico también nos señala que la escritura de Rulfo es visual, plástica, dándonos a través de ella imágenes poéticas, combinación de opacidad y luminosidad (2000:82, 95).

 Allí estaba su madre en el umbral de la puerta, con una vela en la mano. Su sombra corrida hacia el techo, larga, desdoblada. Y las vigas del techo la devolvían en pedazos, despedazada (Rulfo, 1973:19).

 Agua convertida en aire, oscuridad deshecha por luz; imágenes poéticas que atraviesan la prosa novelística. Y de pronto, rompiendo el discurso, otra trampa semántica, la belleza poética nos conduce hasta una nueva red de significados del relato rulfiano: la muerte.

 Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos (Rulfo, 1973:65).

 Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo (Rulfo, 1973:64).

 Jackson nos dice que dar entrada a lo fantástico implica sustituir la familiaridad, la comodidad, por lo extraño, lo intranquilizador. Supone introducir zonas oscuras formadas por algo completamente otro y oculto, espacios que están más allá de la estructura limitadora de lo humano y de lo real, más allá del control de la palabra y de la mirada. Dando paso a fantasías de identidades reconstruidas, demolidas, divididas, de cuerpos desintegrados, que intentan llevar a cabo representaciones gráficas de sujetos en proceso, que sugieren las posibilidades de otros innumerables sujetos, de historias distintas, de distintos cuerpos (en Roas, 2001:148-150). Por su parte, Frieda Grafe nos comenta que el despertar de los muertos es el triunfo real del desorden, acontecimiento que está más allá de cualquier interpretación, de todo contexto, y por ello los conceptos se nos desmoronan, y dependemos de aquello que es otro (en Roas, 2001:141).

 Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al hablar, y que sus ojos eran como todos los ojos de la gente que vive sobre la tierra (Rulfo, 1973:12).

El cuerpo de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de lodo (Rulfo, 1973:61).

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Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos (Rulfo, 1973:127-128).

Quiso levantar su mano…pero sus piernas la retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado (Rulfo, 1973:128).

“Esta es mi muerte”, dijo (Rulfo, 1973:128).

Al leer a Jackson nos fijamos en sus palabras, y nos situamos en otra faceta del discurso que leemos; sus palabras nos dicen que el relato fantástico subvierte e interroga las unidades de tiempo, de espacio y de carácter, poniendo en duda la posibilidad de la representación ficcional de dichas unidades. Lo fantástico, puede entonces verse como un arte de la separación, que abre estructuras y se resiste a categorías fijas. Se orienta hacia el desmantelamiento de lo real, parodiando la coherencia psicológica, haciéndola estallar mostrándonos la oscuridad que habita en todo centro (en Roas, 2001:146).

 ¿De modo que usted es hijo de ella?

¿De quién?…

De Doloritas.

Sí, ¿pero cómo lo sabe?

Ella me avisó que usted vendría…

…mi madre ya murió.

Entonces esa fue la causa de que su voz se oyera tan débil… (Rulfo, 1973:14).

Yo creía que aquella mujer estaba loca. Luego ya no creí nada. Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo (Rulfo, 1973:15).

 

Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados (Rulfo, 1973:65).

 

El tiempo, el espacio, el carácter, se desmoronan ante nuestros ojos lectores, como guijarros, dejándonos en medio del desorden sin control, en la oscuridad de aquello otro: silencio que suena, muerte que vive.

 Nos dice Fernández que la lectura rulfiana parece como si se moviera en tierras pantanosas, difíciles de atravesar; como si el lector tuviera una gran losa sobre el pecho que le dificultara la respiración (2000:81-82). Si sumamos interpretaciones, si todos somos hijos de Páramo, si todos somos Juan, si el personaje y el lector tropiezan, si nuestras seguridades se nos desmoronan a cada paso que intentamos dar, quizá por ello podemos ver la reflexión que hace Fernández respecto al lector de Rulfo, y observarla representada en el personaje-narrador de la novela, que es quizá cada uno de nosotros, los lectores:

 Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último que vi.

¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo Juan Preciado?…

…cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas.

…comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado…se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto (Rulfo, 1973:61-63).

Voy para allá, ya voy.

Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras (Rulfo, 1973:129).

 Fernández aborda una reflexión más, diciéndonos que una nota característica del discurso rulfiano es el estatismo, pues la vida se eterniza, dando cabida a largas horas dedicadas a la contemplación, que supone una forma sutil de introspección (2000:82). Reflexión que podemos ubicar dentro del discurso del misticismo, donde las imágenes de luz y oscuridad, de noche y día, de vida y muerte, de silencio y soledad son los constituyentes esenciales.

Quizá por ello encontramos sólo una vez esta voz en el relato, voz casi silenciada, voz acompañada de soledad:

 Vente -le dijo él a la mujer-. Déjalo solo. Debe ser un místico (Rulfo, 1973:58).

 ¿Qué es lo que ha muerto en Comala; los que murmuran son los muertos causados por las guerras revolucionarias y cristeras; aquel sonido perpetuo es el susurro de la muerte de instituciones, ideologías, tradiciones, costumbres, ideales; se habla de muerte porque no se vislumbra más vida; se habla de muerte porque sólo es posible el continuar, estando muertos; la soledad es la verdadera esencia del ser humano; oscuridad y luz son parte del mismo haz; es la muerte la verdadera vida; muerte y silencio son una misma cosa; somos cada uno de nosotros los muertos que habitan Comala entre murmullos y susurros; es la muerte y el silencio la otredad oculta; a quién escuchan Rulfo y Páramo?

 Oí a alguien que hablaba…

Cuando vuelvas a oírla me avisas, me gustaría saber lo que dice.

¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo (Rulfo, 1973:82).

 

Muchas gracias.

 

Dolores Almazán

Septiembre de 2015

Mérida de Yucatán

 

Bibliografía

David Roas (compilador). Teorías de lo fantástico. Arco Libros. Madrid. 2001.

Juan Rulfo: Oaxaca. Fundación Juan Rulfo-Editorial RM-Calamus. China. 2009.

Juan Rulfo. Pedro Páramo. FCE. México. 1973.

Sergio Fernández. Algunos escritores hispanoamericanos. UNAM. México. 2000.

Conferencia impartida por María Dolores Almazán Ramos, en la Serie de Conversatorios sobre literatura, en el Homenaje a Pedro Páramo de Juan Rulfo, evento organizado por Proyecto Utopía de Yucatán A. C., en el Foro Amaro, en Mérida, Yucatán, el 24 de septiembre de 2015.

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