Autora: Romina A. España Paredes

Palabras pronunciadas en el Conversatorio en Homenaje a José Emilio Pacheco, realizado en el marco de la Segunda Serie de Conversatorios sobre Literatura.

14 de junio 2016

A QUIEN PUEDA INTERESAR

 Otros hagan aún el gran poema,
los libros unitarios, las rotundas
obras que sean espejo de armonía.
A mí sólo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
La poesía anhelada es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.

 [“A quien pueda interesar” en Irás y no volverás]

 Con estos versos de su poema “A quien puede interesar”, el poeta, narrador, traductor, periodista y ensayista mexicano, José Emilio Pacheco (1939-2014), parece caracterizar lo que distingue a su propia obra. En este conversatorio homenajeamos a un autor que supo conjugar la transparencia de la escritura con la profundidad de reflexiones sobre la vida, la niñez, la muerte, la esperanza, el devenir, el amor, el miedo, la memoria, el horror y lo fantástico.

Nacido en la Ciudad de México en un mes como este, el 30 de junio de 1939, José Emilio Pacheco ha sido considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX. Perteneció a la denomina generación de medio siglo en México, junto con Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, entre otros, y fue galardonado con los premios Xavier Urrutia (1973), Premio Nacional de Periodismo (1990), Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la lingüística y literatura (1992),  Premio Internacional Alfonso Reyes (2004),  (2009), por mencionar algunos.

Inició sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, mismos que abandonó para dedicarse a la escritura.  Participó en diversas revistas y suplementos culturales, como México en la Cultura, Siempre!, Diálogos, Revista Mexicana de Literatura. En la edición del verano de 1957 surgió el suplemento “Ramas Nuevas” en la revista Estaciones, en la cual Pacheco participó como coordinador. También creó la columna cultural “inventario” en el suplemento cultural Diorama de Excélsior, que luego se mudó a la revista Proceso.

Su vasta obra, como veremos a lo largo de este conversatorio, abarca los géneros de la poesía, la narrativa y el ensayo. Ejemplos de su quehacer poético son Los elementos de la noche, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Los trabajos del mar, Miro la tierra y Ciudad de la memoria. De su narrativa destacan las novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981), así como sus libros de relatos El viento distante, El principio del placer, La sangre de Medusa y otros cuentos marginales. Cada uno de sus textos está marcado por la laboriosa perfección de la reescritura, que es evidente en las numerosas reediciones de sus libros. En esta ocasión me detengo a hablar de su narrativa, específicamente de sus cuentos y, en especial, de aquellos relatos donde lo fantástico recorre le medula de sus estructuras narrativas, personajes, acciones y reflexiones.

Lo fantástico como género ha sido definido de varias maneras por la crítica literaria. Tzvetan Todorov concibe lo fantástico como la vacilación entre una explicación natural y  una sobrenatural de un fenómeno extraño. En este sentido, lo fantástico es una ruptura del orden reconocido, una interrupción de lo inadmisible dentro de la realidad cotidiana. Es ante este acontecimiento extraordinario que se da la vacilación entre la posibilidad de una explicación sobrenatural y una natural, la cual da vida a lo fantástico.

Al mismo tiempo, este elemento de duda y de extrañamiento es el que distingue a lo fantástico de otros géneros, como el de la fantasía, donde los personajes y los acontecimientos pertenecen a un orden natural diferente al de la realidad, a su vez, este orden es aceptado como una realidad autónoma; o el de lo real maravilloso o realismo mágico, en el cual si bien se reconoce la aparición de acontecimientos extraordinario, estos son asimilados sin extrañamiento por los personajes.

Retomo el planteamiento de Todorov porque en él se enfatiza un aspecto que es de interés para los lectores de José Emilio Pacheco, esto es que la vacilación del héroe no es la única que otorga vitalidad a lo fantástico, sino también la del lector:

“Lo fantástico –afirma Todorov- implica pues una integración del lector con el mundo de los personajes; se define por la percepción ambigua que el propio lector tiene de los acontecimientos relatados”.

La vacilación del lector es clave y la primera condición de lo fantástico. Pero evidentemente, no se trata de un lector real sino un “función” del lector, implícita al texto.

Es justamente en esta aseveración de Todorov donde podemos reconocer una de las principales estrategias narrativas con la que José Emilio Pacheco alimenta lo fantástico en sus relatos, hasta hacerlo robustecer en forma de enormes y aterradoras realidades. Para el lector de este autor resulta familiar la sensación de vacilación y duda que hacen imposible asir una verdad, una certeza o una explicación. Es en esta perplejidad de sus historias donde lo fantástico cobra vida en nosotros.

Para algunos de sus críticos, como Rafael Olea Franco, los aportes de Pacheco al género de lo fantástico se encuentran en la yuxtaposición de los planos de la realidad y la ficción. Este ejercicio narrativo desdibuja, a los ojos del lector, los propios límites que definen a la literatura. ¿Qué es realidad y qué es ficción? O ¿qué es literatura y qué no? Esta innovación estructural está presente en  los cuentos como “La fiesta brava” y “Tenga para que se entretenga”, publicados en El principio de placer, y La niña de Mixcoac, entre otros. Me detengo en estos cuentos, si bien podrías mencionar otros como

En el cuento “La fiesta brava” lo fantástico tiene lugar a partir de la presentación de varias dimensiones narrativas, es decir, metaficciones, ficciones que contienen a otras en un juego de cajas chinas. De este modo, el relato comienza con cuadro de texto que señala:

“SE GRATIFICARÁ al taxista o cualquier persona que informe sobre el paradero del señor Andrés Quintana, cuya fotografía aparece al margen. Se extravió el pasado 13 d agosto de 1971 en el trayecto de la avenida Juárez a la calle de Tonalá en la colonia Roma, hacia las 23:30  (once y media) de la noche. Cualquier dato que pueda ayudar a su localización se agradecerá en los teléfonos…”.

Inmediatamente, aparece el título: “La fiesta brava, un cuento de Andrés Quintana”. Por varias páginas, leemos la historia del temible capitán Keller de Vitenam, quien desaparece de manera misteriosa en la vorágine del metro de la Ciudad de México, en una especie de pesadilla fantástica que se vuelve realidad. Esta historia supuestamente es escrita por Andrés Quintana, quien, sabemos, se encuentra a su vez desaparecido y es el autor del cuento “La fiesta brava” (al igual que Pacheco). Desde este momento surge la vacilación, ¿quién es el escritor de “La fiesta brava”? ¿Andrés Quintana o José Emilio Pacheco?

El cuento cobra una dimensión todavía más fantástica cuando, al concluir el relato “La fiesta brava” de Andrés Quintana, con un cambio de tipografía, inicia la historia misma de este escritor. Si este giro crea perplejidad entre los lectores, Pacheco da un paso más allá y cierra la historia con un paralelismo entre la desaparición de Quintana y Keller. Todo parece indicar que la ficción de Quintana cobra vida. Él mismo, al tomar el metro de la ciudad de México, tras haber experimentado el humillante rechazo de su cuento “La fiesta brava”, descubre que unos hombres lo observan. Al bajar en la estación Insurgentes, Quintana ve a un hombre parecido a Keller en el último vagón del metro que desaparece. El cuento concluye con la extraña afirmación:

“El capitán Keller ya no alcanzó a escucha el grito que se perdió en la boca del túnel. Andrés Quintana se apresuró a subir las escaleras en busca de aire libre. Al llegar a la superficie, con su única mano hábil empujó la puerta giratoria. No pudo ni siquiera abrir la boca cunado lo capturaron los tres hombres que estaban al acecho”.

La ambigüedad del desenlace nos hace dudar: ¿todo ha sido una ficción? ¿Realmente es Keller la persona que vio Quintana? ¿Ha sido, el escritor Quintana, devorado por su propia ficción? Incluso, cabe la pregunta, ¿lo será también Pacheco o nosotros los lectores? Es en esta vacilación del lector donde surge lo fantástico en la obra de Pacheco. Finalmente, la extraña desaparición del personaje no queda aclarada sino en nuestras suposiciones.

Sobre esta forma de dar vida  lo fantástico en sus relatos, me interesa destacar dos cuestiones: una, que para Pacheco la vacilación de lo fantástico está implícito en el modo mismo de abordar la narración de sus historias, desde un plano estructural que cuestiona los límites de la ficción; y dos, que es justo de esta vacilación de lo fantástico que el autor introduce una de las temáticas más complejas y profundas de sus relatos, esto es el horror de lo cotidiano, aquel que habita entre nosotros y el cual solemos aceptar sin extrañamiento, sin duda, sin vacilación. Lo que este escritor logra con su literatura fantástica es develar lo que permanece oculto y que no es del todo evidente para nuestras sociedad.

El horror de lo cotidiano tiene nombre y rostro en los cuentos de Pacheco. Son los monstruos de la soledad, la humillación, la locura, el fracaso, el amor, la muerte, el olvido. Monstruos con los que sus personajes conviven y que cobran vida en sus historias, llevando al lector a reconocer la monstruosidad que permanece oculta en la cotidianidad.

En el cuento La niña de Mixcoac el relato inicia, al igual que “La fiesta brava”, con un paratexto introductorio. En esta ocasión se trata de una aclaración, aparentemente metanarrativa, sobre un concurso literario anónimo, en la que se señala: “Incluiremos aquí una de esas narraciones y la correspondencia electrónica que el texto suscitó entre los editores de Scatamacchia”. Enseguida, bajo el título “1. La niña de Mixcoac”, comienza la historia de un niño que establece una extraña amistad con una misteriosa niña.

“Una tarde, al regresar dela clases de inglés, encuentro en una esquina un muro de mampostería cubierto de buganvilias. Oculta un inmenso jardín con grandes fresnos. Una niña de mi edad está sentada en lo alto de esa pared. Me dice “hola”. Le respondo y me invita a conversar. Intento subir por la enredadera.

-No, quédate por favor ahí abajo-me pide.

Es muy hermosa con su largo cabello claro y sus ojos verdes […]. Me extraña que tenga la boca pintada y a estas horas lleve zapatos de tacón alto y una bata de franela. Sin embargo, está muy limpia y aun a esta distancia puedo oler en ella el único perfume que reconozco: “Maderas de Oriente”.

El extrañamiento del niño encuentra una explicación más adelante, cuando su maestra de inglés le advierte que la niña vive en el hospital psiquiátrico de Mixcoac. Detrás del historia del encuentro inocente entre dos niños, Pacheco revela la verdadera historia de horror sobre la violación y la locura de la niña de Mixcoac, esto lo logra a través de la voz de los editores, quienes intercambian correos especulando sobre el cuento del concurso anónimo, la posible autoría de Pacheco, su parecido con Las batallas en el desierto.  Finalmente uno de los editores escribe:

“De cualquier formal, el verdadero cuento de la ‘La niña de Mixcoac’ es lo que no está escrito, lo que no se dice. El relato lleva dentro dos historias silenciosas. Sólo las conocemos por las grietas, por los intersticios de ese muro cubierto de buganvilias”.

En el cuento el horror está ahí. Sin embargo, permanece oculto en las apariencias de lo cotidiano. Es sólo a través de la experimentación de la vacilación, del extrañamiento ante la realidad, que el horror es revelado a los lectores.  La monstruosidad de la realidad cobra vida en las páginas de Pacheco.

Por ejemplo, en el cuento “El viento distante”, homónimo del libro publicado por primera vez en 1963, el horror genera la ruptura de la estabilidad, el trastrocamiento del orden y de la lógica establecida por los límites de lo posible o, mejor aún, de lo deseable. En él, Pacheco relata la historia de la “niña tortuga”, presentada en una feria ambulante como atracción, que termina por separar a una pareja que no logra superar la vergüenza y el horror de contemplar la humillación de la supuesta niña con cuerpo de tortuga, a quien consideran hija del hombre que la exhibe al público curioso. Pero detrás de esta primera presentación de lo fantástico, de la niña con cuerpo de tortuga, el cuento concluye con la verdadera historia de horror:

“Hay lágrimas en los ojos de la tortuga. El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la caza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que la quiere, ni la infinita soledad que comparten […]”.

Este es la verdadera historia de horror que habita en lo fantástico: la tristeza y la soledad del hombre de la feria que, entre cada función, despoja a la tortuga de la cabeza falsa de niña para acariciarla y alistarla, nuevamente, para su próxima exhibición como lo que no es.

Es en este acercamiento de lo aparente donde se esconde el verdadero horror. De ahí, el esfuerzo del lector de intentar develar el misterio, de encontrar en el desenlace la explicación de aquello que genera angustia o desconcierto a los personajes. Tal como ocurre en el cuento “Parque de diversiones”, en el cual, detrás de la apariencia festiva de este espacio, las voces narrativas revelan el universo de horror de la vida en cautiverio de los animales en un zoológico. Lo que se esconde es la historia de venganza de una maestra que arroja a dos estudiantes irrespetuosos a los tentáculos de una planta carnívora, o la monotonía de la vida de los animales y la violencia que caracteriza sus relaciones, demasiado parecidas a las de los humanos.

En una época en la que  la crisis de la representación, como señala el crítico Hugo J. Verani, ha planteado la imposibilidad de reestablecer límites sólidos entre lo real y lo imaginario, José Emilio Pacheco cuestionó las dimensiones de la realidad y lo fantástico. Porque en  sus relatos no es lo fantástico lo que cuestiona la realidad, sino la realidad lo que cuestiona lo fantástico. ¿Qué hace a lo fantástico “fantástico” sino la duda plena de que algo lo es realmente o no? Aterrados, descubrimos que lo que se oculta detrás de la inocencia, el entretenimiento, lo cotidiano y la naturaleza son historias de horror. Es hacia esta vacilación de la vida donde Pacheco intenta conducir a sus lectores.

Tal vez para reconocer lo fantástico y el horror de lo cotidiano solamente tendríamos que observar más de cerca las ferias temporales, las notas periodísticas, el zoológico de la ciudad o los recuerdos de nuestra infancia y juventud. El propio Pacheco decía, “lo más evidente es lo más misterioso”. De este modo, sus cuentos fantásticos develan los fantasmas y los monstruos ocultos de la vida, del día a día, algunos de los cuales forman parte de México y su historia. En el cuento “Tenga para que se entretenga” de la colección de relatos El principio de placer, cuya primera edición se publicó en 1974, en el que se narra la historia de la misteriosa desaparición de un niño en el parque de Chapultepec, Pacheco escribe con ironía: “en México siempre que se busca un cadáver se encuentran muchos otros en el curso de la pesquisa”. Ante esta desaparición, uno de los personajes afirma:

“Pero al fin y al cabo todo en este mundo es misterioso. No hay ningún hecho que pueda ser aclarado satisfactoriamente. […] Dicen que la mejor manera de ocultar algo es ponerlo a la vista de todos”.

Lo que Pacheco logra en su literatura fantástica es extrañarnos, plantear la necesidad de la duda, de la vacilación ya no por lo fantástico sino por la propia realidad y sus horrores ocultos en lo cotidiano.

La literatura fantástica de José Emilio sintetiza lo que él mismo decía sobre su poesía en “A quien pueda interesar”: sin grandes pretensiones, con un lenguaje aparentemente sencillo, con su característica nostalgia y pesimismo esperanzador, este extraordinario escritor desafía el entendimiento humano de la vida y las profundidades más vulnerables de los sujetos, aquellas que escondemos cotidianamente debajo de la camba, en la oscuridad, a varios metros bajo tierra, en una mentira, en el olvido, en el saludo de todos los días o, simplemente, como Pacheco, en miles de sus letras y palabras que, como él decía, al leerlas se vuelven nuestras

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