Autora: Addy Góngora Basterra

Palabras pronunciadas en el Conversatorio en Homenaje a Julio Cortázar,realizado en el marco de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura

Martes 12 de abril de 2016

 Hay autores y personajes de ficción que adoptamos como parientes o amigos. Eso es Julio Cortázar para mí. La fascinación por su literatura ha trascendido tremendamente en mi vida, mucho más que cualquier otro autor. Tengo, desde hace 16 años, una fotografía suya enmarcada y puesta en el librero del estudio en casa de mis padres, como si fuera un tío o un amigo. Me mira a blanco y negro con un cigarrillo entre los labios acompañándome apaciblemente tras el cristal. A veces paso y le mando besos. Cuán grande ha sido mi gusto por el mundo cortazariano que hace once años me embarqué a una travesía que duró casi un lustro: mudarme al cono sur con el pretexto de estudiar una maestría en Literatura Argentina. De locos. Leer a Cortázar me volvió una especie de camaleoncito cultural: quise respirar Buenos Aires, caminarla y memorizarla con los pasos, habituarme al mate, oír jazz, dejar los recuerdos desordenados por la estancia para tropezarme con ellos, andar las calles dejándome encontrar por aquello que no sabía que me buscaba.

 Todo esto comenzó cuando leí “Rayuela”. Tenía diecisiete años… es decir… leí la novela hace diecisiete años. Por aquel entonces me inventé una cuenta de hotmail con el nombre de maga_18@hotmail.com motivo por el cual todavía hay personas que al mandarme un whatsapp, saludarme en la calle o referirse a mí me siguen diciendo “Hola Maga” o “Buenole, Maguita, ái nos vemos”. Virginia Carrillo, Teté Mézquita, Paco López Cervantes, Felissa Estrada, por decir algunos, aún así me llaman. Cuántas de nosotras en algún momento quisimos tener algo de la Maga, esa mujer que —ahora me doy cuenta— con su irresponsable maternidad fue recipiendaria de célebres párrafos que han poblado el imaginario de tantos, entronizándola como ícono femenino de la literatura latinoamericana…

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 Julio Cortázar es una marea incesante en mis lecturas. Va y viene siempre trayendo tesoros diferentes. El mundo editorial se ha dado gusto produciendo contenido alusivo a su obra y figura. Pero quizá de lo que más he disfrutado entre lo versátil de su escritura, es su poesía.

 ¡Cuánto busqué por Buenos Aires su libro “Salvo el crepúsculo”! Adoro al Cortázar poeta y ese libro reúne versos y prosa poética. Me parece que Jorge Cortés Ancona, alguna tarde durante clases en la Universidad Modelo, me mostró una edición de “Salvo el crepúsculo” que nunca hallé en librerías. Al ver mi terco y vano intento por conseguirlo, gentilmente me lo fotocopio. Fui la más feliz. Ese engargolado fue una joya. Pero al cabo de unos años, estando en la patria del autor, revivió mi terquedad por conseguir un ejemplar. Talonee calles y librerías de viejo buscándolo. Hasta que un día —cuando no lo buscaba, sólo así podía ser… acuérdense de aquella citadísima frase de Rayuela “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”— en un estante de la calle corrientes… ¡voilá! la colección Punto de Lectura llegó al rescate con una edición del 2004. Ese día de la compra memorable fue el 14 de agosto del 2005. Y volví a ser la más feliz. Este libro estuvo conmigo cuando estuve sola. Lo que ha hecho por mí. Parte de su extravagancia es que tiene un apartado con letra manuscrita, puño y letra del autor, entre ellas una poesía para el “Bicho”, “Mi bichito”, porque así le decía Cortázar a Alejandra Pizarnik, de quien hice mi tesis de licenciatura. Cómo será el destino, que el departamento en el que viví durante el 2007 y parte del 2008 estaba a unas cuántas cuadras del departamento donde Alejandra vivió, calle Montevideo a la altura del 900; cerca de ahí, Olga Moguel y yo, caminamos alguna vez que nos encontramos para ir a comer, por la avenida Santa Fe.

 Cortázar fue amigo de Pizarnik como también lo fue de la uruguaya Cristina Peri Rossi, con quien compartió su afición por el box: “La novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”, escribió Julio estableciendo una analogía como también lo hizo Peri Rossi: “En el amor y en el boxeo, todo es cuestión de distancia”. En una revista argentina leí que en 1951, estando Cortázar en Francia, consiguió chamba como relator de una pelea de box que se transmitió en México y Argentina… no le duró mucho el gusto porque lo despidieron acabando la pelea. Quienes hayan escuchado algún audio con su voz sabrán que no era muy ducho con la pronunciación del español. Siempre pensé que por haber nacido en Bruselas tenía ese español afrancesado al pronunciar la erre, sin embargo alguien me dijo que no era por eso, sino que más bien se le dificultaba pronunciarla. Lo importante es que en la escritura eso no se nota, y su dominio del francés le permitió esa faceta de traductor, por la cual le debemos que hoy podamos leer en impecable y poético español “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Qué placer. Leer a dos grandes unidos por la historia de un Emperador.

 Una sorpresita que me trajo la marea cortazariana fue su faceta como profesor. Hace dos años una amiga me regaló en mi cumpleaños “Clases de literatura”, el cual reúne la transcripción de un curso que Cortazar dictó en la Universidad de California en Berkeley durante octubre y noviembre de 1980. Para entonces Cortázar tendría 66 años, eso quiere decir que ya era el autorazo que hoy todos nosotros admiramos. ¿Se imaginan el placer que habrá sido para esos alumnos escucharlo? Al concluir la lectura, con arrebato pasional escribí un artículo que en mayo del 2014 publicó el Diario de Yucatán, el cual titulé “Radiografía creativa de Julio Cortázar”. Me quedé corta con todo lo que me hubiera gustado decir pues la ricura de este libro se puede saborear por todos los ángulos. Pero principalmente digamos que es una máquina del tiempo que nos permite ocupar un lugar en aquel salón de Berkeley, convirtiéndonos en plácidos testigos de las reflexiones de este autor… como la siguiente que compartió tras leer el cuento “Con legítimo orgullo” del libro “La vuelta al día en ochenta mundos”:

 “Muchas veces cuando me paseo por las calles de París —donde vivo— y asisto a ciertos momentos de la vida social, de los rituales sociales, de lo que la gente hace, de lo que obedece en algunos casos, de las líneas de conducta que sigue la colectividad, en ciertos momentos me acuerdo de Kafka y de este cuentecito porque cuántas de las cosas que aceptamos y toleramos en la sociedad que nos ha sido dada hecha son cosas que nunca se nos ha ocurrido criticar; nunca se nos ha ocurrido ir atrás de nosotros mismos y de nuestros antepasados inmediatos y más atrás, al comienzo, al fondo de la Historia para saber por qué finalmente la sociedad —hablo de la sociedad en su conjunto— nos impone ritmos, códigos, formas que aceptamos como la gente del cuento acepta que se mueran tantos ciudadanos (…). Todo esto ya nada tiene que ver con lo fantástico o con lo insólito, es un cuento perfectamente realista; mutatis mutandis, el equivalente puede suceder en el centro de Nueva York, de Buenos Aires o de París. Basta mirar un poco una sociedad en funcionamiento —y no se trata de decir que está mal— para darse cuenta hasta qué punto damos por aceptadas las cosas que como seres humanos tendríamos el elemental derecho de analizar y, llegado el caso, criticar y, si fuera realmente necesario, destruir”.

 Qué vigentes palabras para la actualidad, pensar que todo es regido por la Construcción Social, formas de vida impuestas desde la cuna que no cuestionamos vinculadas a la religión, gobiernos, familias y normas sociales. En el libro que les comento encontrarán muchas reflexiones como esta que estoy segura que seducirán a más de tres de los presentes.

 En el contexto contemporáneo, Julio Cortázar es un fenómeno cultural que se ha expandido en gran parte por las redes sociales. Recuerdo el 26 de agosto del 2014, cuando a nivel mundial se conmemoraron los cien años de su nacimiento. Aquello fue un alud de publicaciones. Facebook, Twitter, Pinterest e Instagram se inundaron con su nombre, imágenes, cartelitos y enlaces a su obra. Las redes sociales son útil y sutil anzuelo en la difusión de la lectura. No es descabellado pensar que alguna de las miles de personas que orbita en ellas y muerde la carnada de la literatura busca el libro en google books, compra un ejemplar en alguna librería de la ciudad, se lo pide prestado a alguien, cae a algún blog donde puede seguir leyendo, descarga el libro de amazon o baja un archivo en pdf… las redes sociales son aliadas de la literatura y Cortázar lo sabe, cito:

“Cada día que pasa me parece más lógico y más necesario que vayamos a la literatura —seamos autores o lectores— como se va a los encuentros más esenciales de la existencia, como se va al amor y a veces a la muerte, sabiendo que forman parte indisoluble de un todo, y que un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y última página”.

 Me atrevo al plural si digo que Cortázar nos ha dado una manera de estar en la vida, ser y sentirnos como ese cronopio que pinta golondrinas con una tiza sobre el caparazón de una tortuga, o aquel otro que se queda dormido bajo una flor. Cortázar es un hombre que me ha dado amigos, buena música, buenas conversaciones; inquietó mi creatividad en la escritura y me da la oportunidad de compartir en espacios como este, generado por el Proyecto Utopía de Yucatán y Foro Amaro, un poco de mi amor por él. Ojalá se lo pudiera agradecer en persona como el año pasado pude agradecerle a Fernando del Paso lo que ha hecho por mí con sus libros.

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 Pero como tengo el gusanito de que la vida es mucho más de lo que podemos ver, que espacio y tiempo se mezclan en algo que nosotros no podemos comprender y se burlan de lo que llamamos realidad, me da por pensar que Julio Cortázar quizá si sepa mi gratitud. Me gusta la fantasía y a él también le gustaba, así que voy a imaginar que Cortázar estuvo aquí, que está aquí. Porque Cortázar estuvo en Mérida a finales de los setenta, quizá principios de los ochenta y se hospedó en el hotel que está en el Parque Hidalgo, el que Porfirio Díaz mandó a construir, el Gran Hotel, inaugurado en 1901. Caminó estas calles. Quizá pasó por la banqueta de la calle 57 y miro la fachada de esta casa en la que ahora estamos. Quizá estaba abierto y entró. A lo mejor no. Pero vamos a imaginar que sí. Y que incluso se asomó a esta habitación movido por alguna extraña curiosidad. Sé de su visita porque hará unos diez años me la contó Francisco López Cervantes. Él fue al hotel a tratar de verlo, una tarde, con unos amigos del taller Platero, entre ellos el poeta Juan Duch Gary. No encontraron a Cortázar porque había salido a visitar las ruinas. Paco, Juan y sus secuaces esperaron en el vestíbulo y para no molestarlo le dejaron un mensaje escrito en el libro que le llevaban como obsequio, “Identidad provisional”, libro colectivo del grupo del taller Platero. Según recuerda Paco, en el mensaje le dijeron que no habían querido importunarlo y que le dejaban el libro como un saludo. Y si la memoria no lo traiciona, la estadía no fue por una visita oficial ni tampoco por asistencia a algún evento literario. Cortázar fue en Yucatán, como diría Sabines, no un escritor, no un poeta, fue un peatón de alegría dulce y tranquila. Posiblemente la prensa no reportó su visita. De haberlo hecho, quizá varios de nosotros lo sabríamos. ¿O alguno de ustedes lo sabía? Ahora les debo la nota completa. Bucearé en la hemeroteca a ver qué encuentro. Y les cuento.

 Martes 12 de abril de 2016.

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