Autora: Andrea del Socorro Cauich Chan

Relato participante del Concurso

“Quitarse esa cosquilla molesta del estómago”

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Quizás tendría unos doce años cuando tuve mi primer encuentro con un texto de Julio Cortázar, venía impreso en un viejo libro de texto que mis hermanos habían tenido la suerte de llevar en las clases de primaria, era breve, dos párrafos de extensión si acaso pero encerraba en él todo un entramado que a mi corta edad no había vislumbrado del todo. Ese texto era “El diario a diario”.

Aprovecho para traer a colación dicho cuento so pretexto para hablar del que es mi preferido, porque al igual que el diario del cuento metamorfoseándose con cada lectura y relectura, en cada espacio en el que está, con cada contacto, así ha sido mi paso por la narrativa cortazariana. Durante la secundaria y prepa hice el casi icónico repaso por “Casa tomada”, “Continuidad de los parques”, “La noche boca arriba” y uno que otro cuento quizás no tan conocido como “Las manos que crecen”, “Áxolotl” o “Llama el teléfono, Delia” y con cada lectura no podía quedar más que maravillada por lo que ahí se contaba.

Fue hasta varios años después que me topé con el que sería mi cuento cortazariano por excelencia, quizá ya rondaba los veinte, pero no sería hasta un año después que podría decir, no sin cierta reserva, que quizás al fin había logrado vislumbrar algo más allá del plano narrativo del texto, algo que se contaba sin ser contado del todo y que terminó por atraparme ─o quizás solo son desvaríos de una pobre loca─ a ese cuento. Cuando leí por primera vez “Carta a una señorita en París” me había quedado prendida de la idea fantástica de vomitar conejitos: blancos, perfectos y muy pequeños ─y es que a quién pueden no gustarle esas criaturitas dotadas de ternura desde la misma concepción de la idea─, la cereza del pastel: una carta que no sería entregada.

Pero volvamos a los conejitos que uno se queda encandilado con esos animalitos en el cuento a donde vienen a sacudir el perfecto orden que parece haber en el departamento: rompen cosas, roen la madera del armario, llegan uno tras otro a irrumpir en ese espacio que no es el propio del protagonista, escritor, cabe recalcar y una se pone a pensar en si acaso esos conejitos no serán un algo más, suerte de metáfora para otra cosa. Siendo escritor el protagonista solo se me viene a la mente que esos conejitos podrían llegar a ser aquello que se tiene que contar ─el hecho de contar algo como Cortázar explicaría también en “Las babas del diablo”, uno tiene que contar las cosas y es que somos lo que contamos─, aquello que debemos decir aunque no se quiera y cuyo control muchas veces está fuera de nuestro alcance: aquello que hay que vomitar (y espero se perdone la expresión) y permitirle tener una vida propia, tal como Julio hace con sus obras, bajo la mirada suspicaz de un ama de llaves.

Conforme se hace la lectura uno puede sentir que está en la narración aunque sabemos que la carta tiene un destinatario, Andrée, y es que ese es parte del encanto en muchas de las narraciones de Cortázar: uno deja de ser Horacio mirando los cuadros y puede ser Lucía nadando en los ríos metafísicos, uno puede jugar a la rayuela, escuchar jazz, beber mate o esconder a los conejos con sus personajes. Plus el final del cuento cuando los conejitos (ya no tan pequeños después de alimentarse de las cosas en el departamento) llegan a ser 10 y todo parece haber llegado a su término hasta que la irrupción de un onceavo desencadena una masacre: diez, número perfecto, once, el inicio de un nuevo ciclo que nunca tendría fin.

Y es que es posible (muy seguro quizás) que todos tengamos conejitos, no sé, en el estómago o a mitad de la garganta; en la maceta que está en la ventana, en el balcón o encerrados mientras roen la madera de un armario, esperando el momento perfecto para poder salir, para que luchemos con ellos y contra ellos, para cambiarnos aquello que llamamos orden y al que tanto nos aferramos.

P.D.: Sí, he mencionado otras historias del autor a propósito. Son mis propios conejos.

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